Escritura automática: lo que verdaderamente importa

Escribir creativamente sobre diversos aspectos que conforman nuestras dudas más hondas y acechantes o las más consumadas certezas, en torno a abismos aterradores y anheladas cimas, o bien procurando entender lo que a menudo nos inquieta o a ratos más nos conforta, es la mejor manera de entrar a fondo en nosotros mismos y, al entendernos, de paso comprender mejor los enigmas que caracterizan marcadamente a los demás. Pero el proceso puede también darse a la inversa: a partir de imaginar o de testimoniar lo que sucede con los otros, llegar a cierta sabiduría sobre nosotros mismos.

Cómo negar que a veces ocurre -en mi caso particular, muy a menudo- que al ponerse uno a escribir (sobre todo me pasa al crear cuentos y poemas) no hace falta de antemano poner en blanco y negro desglose o plan temático alguno, porque hay una especie de corriente creativa subterránea que en seguida se desata y empieza a organizarse sola en una suerte de lógica interna propia que pareciera en un primer momento ser ajena al autor. Es cuando ciertos escritores sienten -sentimos- que una indeclinable voz o fuerza anónima, que nada tiene que ver con la voluntad, les (nos) dicta las secuencias continuas de un texto permitiendo que a través del accionar de los dedos mediante la pluma o moviéndose lentamente o frenéticas sobre las teclas aquél fluya ininterrumpidamente durante un cierto trecho.

Para explicar este fenómeno se habla a menudo de “escritura automática”, que no es más que una especie de fluir de la conciencia mediante la escritura, auxiliado por una inevitable serie de asociaciones de ideas que van permitiendo que el texto tenga una mínima coherencia interna. Las frases y, dentro de éstas,  las diversas combinaciones de palabras, tienden a nacer ya hechas, sintácticamente armónicas en su integración; e incluso, a veces, impecables en su estilo, que no es más que una identificable y muy personal forma de ser en sí mismos.

Pero hablar de escritura automática en realidad no explica nada si no entendemos que, aunque no lo sepamos de forma consciente, nuestro ser irremediablemente está almacenando siempre conocimientos, experiencias, impresiones, ideas y emociones que en un momento dado, azuzados por cualquier resorte situacional, se disparan haciendo aflorar ese hasta entonces subliminal arsenal de elementos aparentemente inconexos o disociados, pero que a través del lenguaje se van articulando al tomar forma en busca de un sentido, hasta que poco a poco empiezan coherentemente a significar.

El por qué salen a relucir en determinado momento, de cierta manera, con un particular lenguaje, hasta podría decirse que con un estilo propio e intransferible, es algo mucho más misterioso. Y por tanto no tengo una respuesta exacta. Pero sospecho que el fenómeno depende de la cultura que posee cada cual, de sus lecturas, de su idiosincrasia y su visión de mundo, y finalmente del propio estilo personalísimo de pensar, sentir y finalmente redactar. Es como si la mente se hiciera cargo de ser congruente con ciertas características endógenas largamente acumuladas, preexistentes en quien redacta.

Otras veces, lo que parece ocurrir es una especie de hibridación creativa: el pensamiento estructurado, previo al acto de escritura como tal, se va combinando con la improvisación para formar una amalgama imposible de diferenciar. Algo así como lo que sucede en las mejores sesiones jazzísticas.

En todo caso, lo que verdaderamente importa, lo que interesa en última instancia, es el producto final: el texto con el que un buen día el lector se topa y que, al degustarlo, con suerte lo hará pensar y sentir, tal vez actuar. Incluso, es sabido, hay textos que por su intensa significación, por su poder de transformar o por su carácter provocador, son capaces de cambiarnos la vida, tanto al escribirlos (si somos escritores) como al leerlos en la producción de otros. Sobre todo cuando en este último caso resulta que por diversas razones hay afinidades con las emociones y las ideas que denota o connota la escritura; o bien, por el contrario, cuando frente a ella surgen vehementes rechazos.

Fuente: otrolunes.com

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